Santabar
Santabar es la versión más popular, directa y desenfadada de la cocina de Dani Frías. Frente al registro gastronómico de La Ereta, aquí el chef mira al bar tradicional: croquetas, ensaladilla, bravas, tortilla, bocadillos, buñuelos y pollo a la brasa, pero con una segunda lectura técnica y sabrosa. Con locales en Santa Faz y en la calle Bazán de Alicante, Santabar funciona como un bar de toda la vida puesto al día: informal, reconocible, accesible y mucho mejor pensado de lo que aparenta. Su Solete Repsol encaja con esa idea: cocina popular con criterio, sin solemnidad y con ganas de volver.
La mesa, con contexto
Dani Frías y la cocina sin solemnidad
Dani Frías no necesita Santabar para demostrar oficio. La Ereta ya ha construido durante años una lectura propia de la cocina alicantina, con base tradicional, técnica contemporánea y una ubicación que casi obliga a hablar de vistas antes que de platos. Pero Santabar permite entender otra parte de su manera de cocinar: la menos solemne, la más directa, la que se puede comer con servilleta de papel y una cerveza cerca.
Eso no significa rebajar el nivel. Significa cambiar de registro. La diferencia es importante. En Santabar, Frías no intenta replicar una cocina gastronómica en formato barato. Hace algo más inteligente: toma platos populares —croquetas, ensaladilla, tortilla, bocadillo de calamares, buñuelos, pollo a la brasa— y los actualiza desde el sabor, la técnica y cierta ironía.
Hay cocineros que, cuando bajan al terreno informal, pierden precisión. Aquí ocurre lo contrario. Santabar tiene interés porque detrás de su aparente sencillez hay una cabeza acostumbrada a pensar la cocina con estructura. La informalidad no aparece como excusa para hacer las cosas de cualquier manera, sino como una forma distinta de servirlas.
El bar puesto al día
La propia casa se define como “un bar de toda la vida puesto al día”. La frase funciona porque no intenta parecer más sofisticada de lo necesario. Santabar no se entiende desde el lujo, sino desde la familiaridad. Uno reconoce casi todo lo que hay en la carta antes de pedirlo. La gracia está en que, al llegar a la mesa, muchas cosas no son exactamente como uno esperaba.
La ensaladilla, las croquetas, las bravas, la tortilla o el bocadillo de calamares pertenecen a un imaginario común. Son platos con memoria popular, platos que cualquiera cree conocer. Por eso tocarlos tiene cierto riesgo. Si se intervienen demasiado, pierden su sentido. Si no se intervienen nada, pueden quedarse en rutina. Santabar se mueve en ese punto intermedio: actualizar sin borrar.
El resultado es una cocina amable, reconocible y bastante alicantina en su manera de entender el disfrute. No pide silencio. No exige reverencia. Se deja compartir. Tiene ritmo de mesa larga, de comida que se alarga, de barra que no quiere parecer museo.
Santa Faz y Bazán: dos formas de llegar al mismo bar
El primer Santabar está en Santa Faz, en la calle San Diego, a medio camino entre Alicante y San Juan. Esa ubicación no es un detalle menor. Frente al monasterio, fuera del centro más evidente, el local conserva algo de bar de destino cercano: se va porque apetece, porque se conoce, porque alguien lo recomienda o porque ya se ha entendido la gracia.
La llegada a Bazán, en pleno centro de Alicante, cambia el contexto sin cambiar la idea. Allí Santabar entra en otra circulación: comidas rápidas, tardeo, visitantes, gente de oficina, planes improvisados y una ciudad que se mueve más deprisa. El reto es mantener el mismo espíritu en un entorno más expuesto.
Que el modelo pueda trasladarse sin perder del todo su carácter dice bastante. Santabar no depende solo de una ubicación con encanto ni de la simpatía del concepto. Depende de una carta reconocible, de una ejecución solvente y de un tono que mezcla lo popular con lo cocinado. Eso es más difícil de copiar de lo que parece.
Una carta de clásicos con segunda lectura
La carta de Santabar tiene una virtud clara: se lee fácil. Pan aliñao, ensaladilla, ajo blanco, coca amb tonyina, churro relleno, buñuelos, croquetas, bravas, tortilla, bocadillos, pollo a la brasa. No hay que estudiar demasiado. Tampoco hace falta que todo venga explicado como si fuera una tesis.
Pero bajo esa sencillez hay una segunda lectura. El ajo blanco convive con ajo negro y boquerones. Las bravas aparecen con vermut. La coca alicantina entra en el lenguaje del bar. El pollo se acompaña con una salsa propia. Las croquetas han llegado incluso a competir en contextos gastronómicos nacionales. La cocina popular se mantiene reconocible, pero se le añade un giro.
Esa es la clave del sitio. Santabar no desprecia el bar tradicional; lo conoce lo suficiente como para tocarlo con cierta libertad. La diferencia entre actualizar y caricaturizar está en el pulso. Aquí, al menos en su mejor versión, el pulso está bastante bien medido.
Comer bien sin ponerse serio
Santabar funciona porque entiende algo que a veces se olvida: comer informal no debería significar comer peor. Hay demasiados bares que se amparan en la supuesta sencillez para servir platos perezosos. También hay demasiados locales que convierten la informalidad en una estética calculada, con mucha madera, mucho neón suave y poca cocina real.
Santabar se coloca en otro lugar. Es alegre, directo, algo gamberro en el tono, pero no vacío. Tiene esa energía de bar donde se puede pedir una ronda, compartir platos y no estar pendiente de si la experiencia está siendo suficientemente gastronómica. Lo es, pero no necesita recordarlo cada cinco minutos.
La presencia del Solete Repsol encaja bien con esa lectura. No estamos ante una mesa de lujo ni ante un restaurante de ceremonia, sino ante un sitio apetecible, accesible y con personalidad. Un lugar donde la recomendación no se basa en la exclusividad, sino en algo más útil: se come bien, se bebe fácil y apetece volver.
Cuándo ir y qué pedir
Santabar sirve para muchos momentos, y eso explica parte de su éxito. Puede funcionar para una comida informal, para ir con amigos, para una cena sin rigidez, para picar algo en el centro o para acercarse a Santa Faz con la excusa perfecta. No es un restaurante para una experiencia silenciosa ni para buscar alta cocina en miniatura. Es un bar pensado para disfrutar sin ponerse estupendo.
Para una primera visita, conviene pedir varios platos al centro. La ensaladilla, las croquetas, las bravas al vermut, algún buñuelo, la tortilla si está disponible y el bocadillo de calamares ayudan a entender el tono de la casa. También merece la pena mirar la pizarra de sugerencias, porque ahí suele aparecer parte del pulso diario del local.
La bebida no necesita complicarse. Vino, cerveza, vermut o lo que la mesa pida sin dramatismo. Santabar no exige un maridaje académico. Pide hambre, compañía y cierta disposición a aceptar que un bar puede ser muy serio sin parecerlo.
Juicio final
Santabar merece estar en una guía de Alicante porque representa una forma inteligente de actualizar el bar popular. No desde la nostalgia vacía ni desde el diseño para turistas, sino desde la cocina. Dani Frías entiende que una croqueta, una ensaladilla o un bocadillo de calamares pueden seguir siendo lo que son y, aun así, tener una lectura nueva.
Su valor está en esa tensión: informalidad y criterio, bar y técnica, humor y oficio. Santabar no pretende competir con La Ereta ni convertir el tapeo en una versión reducida de la alta cocina. Hace algo más necesario: demuestra que el bar cotidiano también puede estar pensado por una cabeza gastronómica importante.
No es un sitio para quien busque solemnidad, silencio o platos que pidan explicación antes de ser comidos. Es para quien quiera un bar de verdad, pero mejor armado. Y eso, en Alicante, tiene bastante sentido.
Alicante Fine Dining
En la mesa
Una mirada visual a los platos y los detalles de sala que dan forma a la experiencia.
Ubicación
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Preguntas frecuentes
¿Qué tipo de cocina se sirve en Santabar?
Cocina popular alicantina actualizada en formato de tapas y raciones. La propuesta parte del bar de toda la vida: croquetas, ensaladilla, bravas, tortilla, bocadillos, buñuelos de bacalao y pollo a la brasa. Detrás está la mano de Dani Frías, chef de La Ereta, que actualiza los platos desde el sabor y la técnica sin borrar lo que los hace reconocibles.
¿Quién está detrás de Santabar?
Dani Frías, el cocinero al frente de La Ereta, el restaurante gastronómico de referencia en Alicante. Santabar es su registro más directo e informal: la misma cabeza, otro tono. No intenta replicar la alta cocina en formato barato, sino hacer bien lo que el bar tradicional siempre ha prometido.
¿Cuánto cuesta comer en Santabar?
El ticket medio ronda los 25 euros por persona. Es una franja accesible para la calidad que ofrece, y encaja bien con un tapeo compartido o una comida informal completa.
¿Tiene Santabar algún reconocimiento gastronómico?
Sí. Santabar tiene el Solete de la Guía Repsol, el reconocimiento de entrada de la guía. Sus croquetas también fueron finalistas en la categoría de mejor croqueta de España en Madrid Fusión, que es uno de los principales congresos gastronómicos del país.
¿Hay que reservar en Santabar?
No. Santabar no acepta reservas. Para evitar esperas, lo más práctico es ir a la apertura del servicio: 13:00 en comida, 20:00 en cena. Entre semana la espera suele ser menor. Para grupos, conviene consultar directamente por teléfono o en info@santabar.es.
¿Dónde está Santabar y cómo llegar?
El local original está en Calle San Diego 1, Santa Faz, junto al Monasterio de la Santa Faz, a unos 7 km al norte del centro de Alicante. Hay una segunda ubicación en Calle Bazán 34, en pleno centro. Existe aparcamiento en las inmediaciones del monasterio para quien vaya al de Santa Faz.
¿Qué es la Romería de la Santa Faz y cómo afecta a la visita?
Es la peregrinación más multitudinaria de la provincia de Alicante, que se celebra cada mayo: miles de personas caminan desde la catedral de Alicante hasta el Monasterio de la Santa Faz. Ese día Santabar recibe una afluencia muy superior a la habitual. Es una experiencia singular, pero conviene ir sin prisa y con margen de tiempo.